Un cuarto propio (en el mundo)
María Eugenia Eyras, la periodista y novelista que nació en General Madariaga, dirigió ocho revistas femeninas en dos países y tuvo en Carmen Balcells, la agente de García Márquez y Vargas Llosa, a la representante de su obra narrativa
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Hay una frase que Gabriel García Márquez repetía como un apodo cariñoso y un poco feroz: la llamaba “la Mamá Grande”. No se refería a una madre de carne y hueso, sino a Carmen Balcells, la agente catalana que en 1960, con un escritorio prestado y una tozudez de campesina, decidió que los escritores merecían vivir de sus libros y no de las sobras que les dejaban los editores. A su alrededor crecieron, con los años, Vargas Llosa, Cortázar, Donoso, el propio Gabo. Y, más tarde, una periodista y novelista argentina que firmaba sus libros como María Eugenia Eyras.
En el fondo de ese mismo paisaje editorial estaban, casi siempre invisibles, las revistas femeninas. Durante buena parte del siglo pasado, publicaciones como Vosotras, Brigitte o L’Officiel no vendían apenas moda: eran el lugar donde se discutían ideas, donde debutaban plumas que después firmarían novelas, ensayos o columnas políticas, donde una directora decidía, semana a semana, qué leían y qué pensaban millones de mujeres en sus cocinas y en sus oficinas. Dirigir una de esas revistas, mucho menos ocho, en dos países, era ejercer un poder cultural que hoy resulta difícil de medir con las categorías livianas del periodismo de tendencias.
No es casualidad que esta historia empiece ahí. “Durante una visita de Carmen Balcells a Buenos Aires -cuenta-, me enteré de su llegada, la llamé, le pedí un encuentro brevísimo, de no más de veinte minutos. Aceptó, fui al Hotel Plaza y le di el manuscrito de El viento en el jardín. Se lo llevó a Barcelona, le gustó y me aceptó. El destino…”.
Fue Balcells quien decidió convertirse en su agente literaria, un gesto que la escritora todavía hoy recuerda como un espaldarazo definitivo: “tienes que seguir escribiendo”, le decía la representante, tal como recuerda Eyras. Fue también Balcells, “catalana parca, estricta, pero muy acogedora”, sigue, quien en una conversación de oficina mencionó el nombre de Ricardo Rodrigo, director del grupo editorial RBA. En la Barcelona de fines del siglo pasado no había una sola mujer al frente de una revista. Eyras llegó como, en sus propias palabras, “una especie de rara avis: me contrataron y aquí me vine, y aquí me he quedado”.

Pero antes de Barcelona, antes de Balcells, antes incluso de la palabra periodismo, hubo una nena en General Madariaga que caminaba sola a la escuela pisando charcos congelados. “Iba pisando los pozos con escarcha y me gustaba oírlos crujir bajo mis pies”, cuenta, y recuerda que por esos años tarareaba, sin saber bien por qué, una vieja canción romántica camino al colegio: Smoke Gets in Your Eyes (Hay humo en tus ojos). Tenía cuatro años y su hermana, siete cuando murió su padre de un infarto. La familia quedó reducida a tres mujeres y a un pueblo entero que las abrazó: “Cariño no nos ha faltado de parte de nadie”, dice.
A sus doce años se mudaron a Mar del Plata, donde Eyras egresó como maestra normal nacional en el colegio San Vicente de Paúl. A los quince se ganó una beca de la American Field Service para pasar un año en los Estados Unidos: “fui la única chica, eran diez varones y yo, era la única mujer”, revela. Terminó el bachillerato en una escuela de Franklin Park, Illinois, en las afueras de Chicago, y volvió convencida de que el mundo era demasiado grande para quedarse quieta. Poco después llegó otra beca, esta vez para estudiar Sociología en la Sorbona, y un matrimonio temprano que la llevó a tener a su primer hijo, José Manuel, en París.
El periodismo de hoy lo veo un poco desorientado por el aluvión tecnológico, la inteligencia artificial que lo desvirtúa todo y un intrusismo que erosiona el rigor de antes”
Mientras tanto corría, subterránea, otra historia: a los siete años Eyras ya escribía una novela policial “muy influida por las películas que veía de chica”, porque, según explica, “me crie mirando cine. Aun hoy mis novelas también tienden a ser muy cinematográficas”. Su madre conservó durante décadas una redacción escolar en la que la nena explicaba qué quería ser de grande: periodista y escritora. Lo fue, casi al pie de la letra, aunque el periodismo llegó recién pasados los treinta, casi por casualidad: recién separada, colaborando con la editorial Atlántida, y desde ahí escaló rápido: jefa de redacción de Vosotras, de L’Officiel, de Brigitte. Hasta que las crisis económicas argentinas, que cada tantos años cerraban medios y dejaban a los periodistas en la calle, la empujaron a cruzar el océano. Balcells y Ricardo Rodrigo, el entonces director del grupo editorial RBA, hicieron el resto.
La directora que se iba a las cinco
Eyras dirigió redacciones ya armadas, nunca fundó una revista desde cero, siempre aterrizó como segunda o tercera directora de equipos que venían de atrás, a veces desmotivados por jefes que se habían ido o que solo promovían amigos. Bajo su conducción se impuso una regla que en la España de los 90 sonaba casi revolucionaria: nueve o diez de la mañana a cinco o seis de la tarde, sin sobremesas eternas ni guardias nocturnas. “Trabajaba generalmente con mujeres que éramos madres -explica-. Les decía a mis jefes: acá somos todas mujeres y estamos deseando volver a casa, estar con nuestros hijos”. A los hombres, agrega sin acritud, “les encanta quedarse charlando y bebiendo, porque no tienen la misma urgencia por volver. El experimento funcionaba porque el equipo, consciente del privilegio, daba lo mejor que tenía para sostenerlo”, refiere.
Eso no significaba que la maternidad fuera liviana. “Se vive con mucha culpa, la culpa no te la quita nadie”, sentencia, y describe una escena que cualquier madre que trabaja reconocerá enseguida: una tarde de sol, la redacción, la tentación de imaginar a los hijos esperando ‘como pajaritos cuando la mamá vuelve al nido’. Resolvió esa tensión a su manera: una vez por semana (“el jueves, creo que era”, intenta recordar) se llevaba a uno de sus cuatro hijos a la redacción, con papel y lápiz para que dibujara en un rincón mientras todos le hacían preguntas. “Lo que quería era que ellos me situaran, vieran lo que yo hacía, que no fuera un misterio”, indica. Le funcionó tan bien que uno de ellos terminó siendo periodista y escritor también.
Lo que hoy podría leerse como una política de conciliación con perspectiva de género era, hace treinta años, apenas el sentido común de una mujer que había estudiado y trabajado en Estados Unidos y en Francia y que había visto que ese horario funcionaba. “Le decía a mi jefe: déjenmelo probar un par de meses, si los resultados no son los deseables, volvemos al horario anterior”, cuenta. Le creyeron, y los resultados llegaron. Pero el techo seguía estando ahí, más bajo para las mujeres: “El campo laboral de la mujer se ve muy deteriorado, con peores sueldos y peor consideración, incluso con menor oportunidad de trabajo, porque saben que la mujer puede ser madre”. No pierde, dice, la esperanza de que “los varones terminen asumiendo su mitad de la carga doméstica, tal como, observa con cierto optimismo generacional, ya empiezan a hacerlo los más jóvenes”.

Su filosofía de mando tenía la misma lógica artesanal que aplicaba a sus textos: no imponer, observar. En las entrevistas de trabajo, dice, lo que más pesaba no era el currículum sino la actitud, la mirada, la forma en que un candidato se enfrentaba a la conversación. Y una vez dentro del equipo, la consigna era la misma: “nunca movía a nadie -destaca-. Lo que hacía era estudiar a las personas que estaban a mi alrededor y ver qué era lo que mejor se les daba. El resto era cuestión de aglutinar a esos equipos golpeados y devolverles la ilusión de a poco, sin grandes discursos”.
Esa misma convicción la lleva hoy a defender, casi a contramano de la época, una formación periodística anclada en las humanidades: “hace falta una formación más profunda -sugiere-, beber en la filosofía, la sociología, la historia, mucha historia, para poder comparar, para saber que lo que está ocurriendo hoy ya pasó en otro momento”.
Del oficio que ejerció durante décadas, hoy mira con una mezcla de cariño y desconcierto. “Al periodismo de hoy lo veo un poco desorientado -admite-, por el aluvión tecnológico, la inteligencia artificial que lo desvirtúa todo y un intrusismo que erosiona el rigor de antes”. Pero no es pesimista del todo: cree que siempre habrá ”periodistas vocacionales, en estado puro, que van a seguir hasta el último día pendientes de la noticia”, enuncia. De los editores que la formaron conserva el gesto de corregir con respeto: “me gustaba mucho reescribir y mostrarle a la persona que lo había hecho con cariño, cómo se puede mejorar”. Decir lo necesario con la menor cantidad de palabras posible, sin arabescos que distraigan: “esa lección -dice-, se la debo entera al periodismo”.
Radio Cosmos
Hay una idea que atraviesa toda la obra ensayística de Eyras y que ella resume con una claridad casi militante: la depredación de la naturaleza y la opresión de las mujeres. “Desde las civilizaciones neolíticas, la mujer se identifica con la naturaleza -explica-. El patriarcado mira a ambas como territorios para conquistar, mientras que el ecofeminismo [N. de R.: corriente que desarrolló en su ensayo El vientre cósmico, la mujer en la posmodernidad (2007), hoy material de estudio en universidades de España y Estados Unidos] propone reemplazar la jerarquía vertical por la cooperación horizontal entre todos los seres vivos.
Cita, sin ironía, a Mao Tse-Tung: la mujer es la mitad del cielo. “Hasta que las mujeres no ocupen efectivamente la mitad de los lugares de decisión en el mundo -sostiene-, los desequilibrios ambientales, sociales, bélicos van a seguir repitiéndose. Pone como ejemplo, una y otra vez, a las mujeres japonesas que abrazaban los árboles para impedir que los talaran: para ella, esa imagen resume mejor que cualquier tratado la sensibilidad distinta de las mujeres hacia todo lo vivo.
Una curiosidad enciclopédica la llevó, paseando por el sur de Francia y cruzándose una y otra vez con carteles que anunciaban “el país cátaro”, a investigar la civilización occitana arrasada por el papado y la corona francesa en la Edad Media. De ahí salió El árbol y la luz, su última novela, que se suma a La noche de San Juan y a El viento en el jardín, en lo que ella misma señala como su tríada más representativa, lejos ya de Pasaje de ida, el debut de 1982 que le valió la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores.
Sobre el origen de cada libro tiene una teoría casi mística: habla de personajes y escenarios que vuelven una y otra vez a su cabeza hasta que el argumento se arma solo, de una sensación, pasadas las treinta páginas, en que el libro “toma vuelo solo” y los personajes empiezan a pedir cosas. “Yo digo que conecto con Radio Cosmos, con algo de lo que Tesla hablaba: una central de inteligencia en el universo a la cual nos conectábamos todos como receptores. Es una especie de magia, como si alguien te estuviera dictando de algún otro lugar”, propone.

Del periodismo, sin embargo, le quedó el antídoto contra cualquier exceso de mística: la economía. Cita a Hemingway, a quien leyó de joven, y su convicción de que no hay mejor manera de decir que el sol entró por la ventana que decir, exactamente eso: que el sol entró por la ventana. Su método de trabajo combina el desborde con la poda: un primer borrador que se escribe de un tirón, sin mirar atrás, y que después deja descansar meses, a veces años, hasta poder releerlo “con ojos nuevos, como lectora y no como escritora”. Ahí aparecen los defectos, las ventanas que hay que abrir o cerrar, la arquitectura que sostiene el edificio. Nunca se lo da a leer a nadie antes de publicarlo. Lo intentó una vez y la desalentaron. Su único criterio final es brutalmente simple: cuando se aburre de leerse, está terminado.
Para escribir esos primeros borradores, Eyras necesitó siempre lo que Virginia Woolf llamó “un cuarto propio”: cuando sus hijos eran chicos, alquiló un departamento de un ambiente en Buenos Aires, con un escritorio y una silla, y fue ahí, lejos de las interrupciones domésticas, donde escribió su primera novela. Ese cuarto, dice ahora, se lo terminó construyendo en cada ciudad que habitó: Madariaga, Mar del Plata, Franklin Park, París, Buenos Aires y, finalmente, en Barcelona, donde sigue escribiendo un par de horas a la mañana y otro par a la tarde, sin esquemas rígidos, dejando que el “gusanillo” de escribir se imponga cuando quiere.
¿Qué sería del mundo sin la palabra para Eyras? “Seríamos como monos guturales -dice-. El lenguaje inventa universos paralelos que ninguna pantalla va a reemplazar nunca del todo. Décadas después de aquella nena que pisaba charcos congelados camino a la escuela de Madariaga, María Eugenia sigue, de algún modo, escuchando crujir el mundo bajo sus pies, y contándolo.
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